jueves, 26 de agosto de 2010

martes, 5 de enero de 2010

Día de Reyes

Te vi en la calle. Habías vuelto, no sabía para qué, pero al mirar tus ojos un inmenso dolor me oprimió el pecho. Te irías para siempre. Y yo seguiría en aquel barrio, muerta de asco por no poder salir, enfadada con la Nana por mantener allí encerrada, con su vejez enfermiza que se mete por las cañerías del piso. Aunque ella me sigue queriendo como si fuera hija suya. Bajé corriendo por las escaleras y me acerque a tí, y esperé a que dijeras algo, pero el tiempo pasaba y tú no habrías la boca, así que te abracé. Y cuando me devolviste el abrazo, mi mente voló lejos, lejísimos, a aquellos días de otoño en los que nos sentábamos en el suelo del embarcadero a ver caer las hojas doradas. Recordaba perfectamente como tus labios buscaban los míos, como tus manos recorrían suavemente mi cuerpo, como si nunca más volvieras a hacerlo. Quién nos diría que fue nuestro último paseo al muelle.

Yo te necesitaba más que nunca. Y pensar que fue mi hermano pequeño el que nos presentó. Eras un ejemplo a seguir para él, y yo me convertí en la persona a la que más quería después de que mis padres murieran. Aunque la Nana nos cuidaba, poco a poco se fue conviertiendo en la abuela que nunca tuvimos. Sigue teniendo la misma energía de antes, pero entiende que no podemos quedarnos con ella toda nuestra vida, y poco a poco nos va echando.

Aquel día era el Día de Reyes, pero en el barrio no se sabía nada de eso. Fui yo la que lo puso de moda por así decirlo. Te lo conté todo, los regalos, los dulces, y el mismo nerviosismo de siempre que no te dejaba dormir por mucho que supieras la verdad. Y te dije que tenía un regalo para tí, pero que te lo daría por la mañana, ilusa, pensando que pasarías conmigo todo el día. Pero cuando me despertó la luz del sol, tu estabas esperando en la puerta de mi casa, a que te diera el regalo, esperando a que me sorprendiera por el tuyo, del que no tenía ni idea. Te di mi regalo, un beso, pero no un beso cualquiera, todo él estaba impregnado de mi amor por tí, de todo lo que habíamos pasado juntos. Junto a ese beso te regalé mi vida entera.

Cuando nos separamos vi lágrmas en tus ojos y me puse nerviosa. Tú nunca llorabas, no entendía por qué tenía que ser aquel día precisamente. Entonces soltaste que te ibas, que dejabas el barrio y que posiblemente volverías después de mucho tiempo, pero no era seguro. Y todas las lágrimas que tú no pudiste soltar por no haberlo heco nunca, las solté yo, por tí, por mí y por todo lo que se quedaba atrás, en ese vestíbulo en sombras, con su ascensor destartalado, en el que tantas veces nos quedamos solos atrapados y en el que compartimos intensos minutos de roces.

Dos años han pasado desde que sentí que me venía abajo. Aunque me propusiste irme contigo, yo pensé en mi hermano pequeño y en la Nana, tan vieja, tan querida, tan abuela. Y mi hermano, la unión de dos almas que tanto adoraba, se fue apagando poco a poco, con la enfermedad que practicamente asoló el barrio y muy pocos llevaron a un nuevo día. Cuando se fue, tan indefenso, me dijo que volviera a sonreir, por última vez si quería, pero que lo hiciera por él. Así que cerré los ojos, y pensé que estabas a mi lado, que tenía a las personas más queridas conmigo, y cuando volví a abrirlos mi hermano dormía con una sonrisa en la boca. Supe que nunca más se despertaría. Supe que no me quedaba nada que me retuviera alli, ademas de la Nana, pero ella estaba deseosa de que me fuera del barrio.

Por eso cuando te vi llegar al barrio de nuevo, bajé, esperando poder estar contigo el mayor tiempo posible.

-No voy a quedarme mucho tiempo.
-Lo sé. Por eso bajé, para estar contigo.
-¿Por qué no te vienes? Sal de aquí.
-Pero, ¿qué hago con la Nana?
-Sabes tan bien como yo que la Nana quiere que te vayas.
-Pero estará sola...
-Se las arreglará muy bien. ¿Está arriba?
-Sí...

Se separó de mi suavemente y con un gesto me indicó que me quedara abajo, que él hablaría con ella. Me senté en las escaleras que abrían la entrada al edificio, esperando a que volviera a bajar, ansiosa. Hacía dos años que no lo veía. Él tenía diecinueve y yo diecisiete. Mi hermano tendría catorce años.

Al rato bajó despacio, con una sombra de tristeza en la cara, pero un brillo en los ojos me decía que todo había ido muy bien.

-La Nana dice que te vayas, que no quiere que te quedes con ella y que si no lo haces no vuelve a dirigirte la palabra.

Tuve que reírme. La Nana siempre lo exageraba todo, porque lo llevaba en la sangre, como ella decía. Desde pequeña me enseñó a no quedarme sentada a esperar, sino que fuera yo la que hiciera las cosas. Y toda esa energía que tenía de joven me la pasó a través de todos estos años conviviendo.

Hice las maletas, me despedí de la Nana con llantos, promesas de volver a verla, sonrisas por un futuro mejor en el que acordarme de todo y sobre todo con felicidad. Cogí todo lo que necesitaba, dejé algunas de las fotos en las que salíamos mi hermano y yo, de recuerdo, para que la Nana no se olvidara de nosotros, porque la cosa estaba muy mala y no sabíamos hasta que punto estaba enferma, la foto en un marco, en el más bonito que tiene y una carta de despedida en la que le decía que me escribiera, le dejaba la dirección de la casa nueva, y el teléfono, con muchos besos y abrazos, y un nunca te olvidaré que se perdería en el recuerdo.

Poco tiempo después de haberme ido de aquel barrio me llegó una carta de la Nana. En ella decía que se moría, desde hace mucho tiempo, incluso antes de que se fuera el hermano, pero que aguantó todo este tiempo porque no se quería morir mientras viviera con ella, que la perdonara por aquel frenético deseo de que abandonara el barrio, pero que ella sentía que no podía cumplir esa promesa hecha a sí misma, que no podía permitir que yo me quedara allí, y que le llamo a él para que me sacara de allí, de aquel barrio de misera y podedumbre en el que nunca debí estar, porque decía que era un flor que crecía entre matorrales, que ya pagó mi hermano suficiente, que lo echaba muchísimo de menos y lo lloraba todos los días, esperando irse con él a cuidarle como siempre hizo, y que cuando me llegara esta carta que ni se me ocurriera volver al piso, porque ella quería morirse sola, con la foto de sus niños en los brazos, imaginando lo que hubiera sido de nosotros si el hermano no se hubiera ido antes que ella. Todo eso, lleno de lágrimas secas que arrugaban el papel, todo lo contaba en dos folios y medio, con su caligrafía de princesa vieja, con su papel aromatizado de colonia de bebés, acompañada del unico dibujo que teníamos de los tres juntos, a carbón, de un pintor de la calle que nos lo regaló, hace casi cinco años.

Lloré y volví a mojar sus folios y el aroma voló por toda la habitación, mientras sentía como él me abrazaba, consolándome. Era la tercera vez que lo veía llorar. La segunda fue cuando se enteró de lo de mi hermano. Y los vi a los dos, rodeados de nubes, el hermano delgado y moreno como siempre, con sus mejillas rojas como farolillos y su pelo revuelto moviéndose al viento. La Nana, tan pequeña y frágil, con el pelo blanco recogido en una larga trenza, tan menuda y energética a la vez. Y los dos sonreían y me despedían con la mano. Fue entonces cuando tuve la seguridad de que los dos estaban estupendamente, contentos de que hubiera salido de la jaula pero tristes de no estar conmigo para compartir esa felicidad. Pero yo los llevaba siempre junto a mí, en las fotos, en los vídeos, en la carta de la Nana, en los regalos de Reyes del hermano y en mi corazón.

Por siempre. Hoy, día de Reyes, hace tres meses que dejé el barrio.