-¿Qué? Lo siento, pero estoy buscando a Evelyn.
-¿Evelyn? Vaya... ¿Cómo es que la conoces?
-Bueno, verás... Mi hermana le mencionó un día... Y me dijo que la buscara...
-No importa. Te llevaré hasta ella si me dices tu nombre, ¿sí?
-¿Mi...? ¡Oye, dime el tuyo primero!
-Tienes razón, no me he presentado. Que falta de educación. Me llamo Brian y soy el Emperador Relámopago de la Fortaleza Ilimitada.
-Yo me llamo Elbereth. Encantada de conocerte.
-Lo mismo digo. Y ahora, te llevaré hasta Evelyn. Mientras me puedes contar tu historia.
-Vale... Por cierto, ¿qué es Emperador Relámpago?
Mientas caminábamos hacia el centro de la ciudad me contó su historia. Brian llegó a la Fortaleza Ilimitada cuando era muy pequeño y apenas lo recordaba. Un jóven, al que no conocía de nada, le cuidó como si fuera su hermano pequeño. Ese joven se llamaba Axel. Brian siempre se crió como si fuera un niño normal. Pero un día, mientras jugaba con una amiga, unos muchachos entraron en el patio en el que estaban, cogieron un arco y unas flechas de una tienda de antigüedades que había cerca y dispararon a la niña. Brian se enfadó mucho con los chicos, mientras que en el cielo se formaban unas nubes negras cargadas de electricidad. Cuando no pudo aguantarlo más, se acercó a los chicos, pero un rayo cayó justo en medio, haciendo que el grupo huyera corriendo.
-Pues eso, que puedo generar electricidad de mi propio cuerpo o cogerla de otros.
-Vaya... Qué raro, ¿no?
-Sí... Pero ya estoy acostumbrado.
-¿Y no te molesta? ¿No es peligroso?
-Sólo es peligroso cuando me enfado mucho. Pero no me molesta. Puedo controlar la electricidad que manipulo. Y tú, ¿no eres especial?
-Si con especial te refieres a meterme en problemas con facilidad...
-Pero entonces, ¿por qué estas aquí?
-Porque mi hermana murió hace muy poco y me habló de Evelyn y de esta ciudad. También me dijo que era la última que quedaba, pero no se de qué.
-¿La última? Un momento... ¿Cómo se llamaba tu hermana?
-Aerith.
-¿Aerith qué?
-Halliwell. Aerith Halliwell.
-¡Haberlo dicho antes! No podemos perder más tiempo... ¡Vamos, corre!
-¿Pero qué? ¿Por qué nadie me cuenta que es lo que pasa?
Me agarró de la mano y echó a correr.
lunes, 29 de diciembre de 2008
jueves, 11 de diciembre de 2008
La Fortaleza Ilimitada
Todo empezó aquella tarde lluviosa de primavera.
Por la mañana fui de compras con mi hermana mayor, Aerith. Mis padres habían muerto cuando tenía cinco años y no les recordaba. Mi hermana Aerith era todo lo contrario a mí, tanto en el físico como en el carácter. Aerith era rubia, con el pelo corto y los ojos azules. Era mu nervios y no podía estar quieta mas de cinco minutos seguidos. En cambio, yo era morena, con el pelo largo y los ojos verdes. Yo era muy tranquila. Éramos la noche y el día, el ying y el yang. Lo uqe le faltaba a una, lo tenía la otra.
Estábamos en el coche y mi herman bajó para saludar a una amiga que trabajaba en un bar. al parecer algo no fue bien dentro del establecimiento, ya que mi hermana salió con un brillo de miedo y enfado en los ojos. Justo cuendo estaba bajando la acera, un hombre joven salió del bar, sacó una pistola y disparó a mi hermana. Al principio me quedé petrificada, pero después reaccioné y bajé de un salto a la acera.
-¡Aerith! Aerith, no te preocupes, ya estoy aquí.
-Elbereth...
-¿Sí? No pasa nada, te llevaré al hospital y te pondrás bien.
-No, Elbereth...
-¿Cómo?
-Elbereth escúchame bien. me voy a morir. pero quiero que, en cuanto me vaya, salgas corriendo. quiero que vayas a la Fortaleza Ilimitada.
-¿Qué?
-Prométeme que irás. Busca a Evelyn.
-¿Evelyn?
-Sí, y dile que sólo queda una.
-¿Una? ¿De qué me estás hablando Aerith?
-Prométemelo...
-¡Aerith! ¡No, Aerith! ¡Sigue respirando! ¡Aerith!
No me fui. Me quedé allí, junto a ella hasta que llegó la policía. Ellos me llevarona casa. Era tarde, pero no tenía hambre. Empezaba a llover y recordé la promesa que Aerith quería que cumpliese. Aquella noche no dormí. Cuando me desperté, volví a recordar la promesa. Así que cogí una cazadora negra, las laves de casa y me fui en busca de esa Fortaleza Ilimitada. sabía por mi hermana que estaba en la parte este y que debía tener cuidado, porque era la peor parte de la ciudad.
Empecé a caminar, siempre pensando en mis cosas y cuando quise darme cuenta ya había llegado. La Fortaleza Ilimitada era un barrio en los que los niños huérfanos y los jóvenes que no tenían casa visitaban frecuentemente, niños que robaban para poder sobrevivir. En el centro de ese barrio, se alzaba un conjunto de edificios enormes y altísimos, conocidos como Babylon City.
Me paseaba por la pequeña ciudad que se abría a mis ojos con miedo a los muchachos demacrados y con ojeras que se escondían en los oscuros callejones sin salida. Por un momento pensé en darme la vuelta y echar a correr, olvidar todo lo que había visto aquú y romper la promesa que le hice a Aerith. Pero entonces recordé su sonrisa y sus palabras llegaron a mi mente. "Nunca debes rendirte, Elbereth. Siempre hay una lucecita en la oscuridad en la que te encuentres, por muy pequeña que sea." Aerith... Todavía no podía creer que nunca más volvería a verla paseando por el pasillo, llamándome por las mañanas con su pijama rosa y arrastrando sus zapatillas, porque llegaba tarde al instituto. Ya nunca me llevaría en su coche descapotable rojo. Estaba sola.
-¿Se puede saber qué hace una chica guapa como tú en un sitio como éste?
Me volví sobresaltada, preparada para correr, esperando ver a uno de esos chicos de los callejones. Pero me quedé sorprendida, ay que no fue eso lo que me encontré. Tenía detrás a un chico rubio, con el pelo de punta peinado hacia atrás, y unos ojos enormes de color miel mirándome. Me vi reflejada en ellos.
Por la mañana fui de compras con mi hermana mayor, Aerith. Mis padres habían muerto cuando tenía cinco años y no les recordaba. Mi hermana Aerith era todo lo contrario a mí, tanto en el físico como en el carácter. Aerith era rubia, con el pelo corto y los ojos azules. Era mu nervios y no podía estar quieta mas de cinco minutos seguidos. En cambio, yo era morena, con el pelo largo y los ojos verdes. Yo era muy tranquila. Éramos la noche y el día, el ying y el yang. Lo uqe le faltaba a una, lo tenía la otra.
Estábamos en el coche y mi herman bajó para saludar a una amiga que trabajaba en un bar. al parecer algo no fue bien dentro del establecimiento, ya que mi hermana salió con un brillo de miedo y enfado en los ojos. Justo cuendo estaba bajando la acera, un hombre joven salió del bar, sacó una pistola y disparó a mi hermana. Al principio me quedé petrificada, pero después reaccioné y bajé de un salto a la acera.
-¡Aerith! Aerith, no te preocupes, ya estoy aquí.
-Elbereth...
-¿Sí? No pasa nada, te llevaré al hospital y te pondrás bien.
-No, Elbereth...
-¿Cómo?
-Elbereth escúchame bien. me voy a morir. pero quiero que, en cuanto me vaya, salgas corriendo. quiero que vayas a la Fortaleza Ilimitada.
-¿Qué?
-Prométeme que irás. Busca a Evelyn.
-¿Evelyn?
-Sí, y dile que sólo queda una.
-¿Una? ¿De qué me estás hablando Aerith?
-Prométemelo...
-¡Aerith! ¡No, Aerith! ¡Sigue respirando! ¡Aerith!
No me fui. Me quedé allí, junto a ella hasta que llegó la policía. Ellos me llevarona casa. Era tarde, pero no tenía hambre. Empezaba a llover y recordé la promesa que Aerith quería que cumpliese. Aquella noche no dormí. Cuando me desperté, volví a recordar la promesa. Así que cogí una cazadora negra, las laves de casa y me fui en busca de esa Fortaleza Ilimitada. sabía por mi hermana que estaba en la parte este y que debía tener cuidado, porque era la peor parte de la ciudad.
Empecé a caminar, siempre pensando en mis cosas y cuando quise darme cuenta ya había llegado. La Fortaleza Ilimitada era un barrio en los que los niños huérfanos y los jóvenes que no tenían casa visitaban frecuentemente, niños que robaban para poder sobrevivir. En el centro de ese barrio, se alzaba un conjunto de edificios enormes y altísimos, conocidos como Babylon City.
Me paseaba por la pequeña ciudad que se abría a mis ojos con miedo a los muchachos demacrados y con ojeras que se escondían en los oscuros callejones sin salida. Por un momento pensé en darme la vuelta y echar a correr, olvidar todo lo que había visto aquú y romper la promesa que le hice a Aerith. Pero entonces recordé su sonrisa y sus palabras llegaron a mi mente. "Nunca debes rendirte, Elbereth. Siempre hay una lucecita en la oscuridad en la que te encuentres, por muy pequeña que sea." Aerith... Todavía no podía creer que nunca más volvería a verla paseando por el pasillo, llamándome por las mañanas con su pijama rosa y arrastrando sus zapatillas, porque llegaba tarde al instituto. Ya nunca me llevaría en su coche descapotable rojo. Estaba sola.
-¿Se puede saber qué hace una chica guapa como tú en un sitio como éste?
Me volví sobresaltada, preparada para correr, esperando ver a uno de esos chicos de los callejones. Pero me quedé sorprendida, ay que no fue eso lo que me encontré. Tenía detrás a un chico rubio, con el pelo de punta peinado hacia atrás, y unos ojos enormes de color miel mirándome. Me vi reflejada en ellos.
miércoles, 3 de diciembre de 2008
3/12/08
Esperaba impaciente que llegaran los profesores, pero él no estaba cuando llegué. "No te preocupes, llegará más tarde" me dije. Pero no llegaba.Cada cinco minutos miraba hacia la puerta, esperando verlo aparecer como si fuera mi angel salvador. Por fin llamaron a la puerta, era él. Llegó un poco tarde,pero vino. Estaba chorreando de la lluvia, de haber corrido a nuestra cita, aunque en realidad no tenía nada que ver con una cita. Nada mas llegar, recorrio la clase con una mirada rapida pero se paró cuando me vió y me dedicó una sonrisa que me dejó maravillada. Era mi segunda clase, y aunque él llevaba ya quince años en esto, me prometió que no se apartaría de mi, que me ayudaría en todo lo que pudiera y me enseñaría lo nuevo que diera. Se percató de mi peinado (me pelé a propósito para que se diera cuenta) y me lo comentó. También se dió cuenta de que llevaba puesto el uniforme, cosa que la clase anterior no me puse. Me dijo que me sentaba muy bien y que estaba muy guapa. Y que el uniforme era muy bueno. Aunque yo no quería que me dijese lo bueno que era el uniforme, me hizo ilusión de todos modos. Los profesores explicaban el primer movimiento, pero yo no lo entendía. "No pasa nada" me dijo, "después vienes al final de la clase conmigo y te lo enseño poco a poco". "Muchas gracias". Y volvió a sonreirme. No me derretí ante él porque me daba verguenza, pero casi. Cuando el profesor terminó, él le dijo que estabríamos ensayando al final. Nos fuimos los dos, en silencio y me puse en la posición de empiece. Se puso a mi lado y estuvo explicándome hasta que llegamos al punto en el que me perdía constantemente. Entonces, sin previo aviso, se puso detrás mía, me cogió de la cintura y me estuvo guiando hasta que terminé el ejercicio. Depués me dijo que lo hiciera sola. Quería equivocarme a propósito, para que se pusiera detrás otra vez y me agarrara de la cintura, pero sería un insulto a sus clases particulares, así que lo hice lo mejor que pude. Para mi asombro me salió. Después, el profesor nos dijo que a la semana siguiente nos examinaría y que él (el mismo que me ayudaba) también estaría examinando. "No puedo" al parecer lo dije a media voz porque se enteró. "¿Por qué? Acabo de enseñartelo." "Me da mucha vergüenza" le dije. Al parecer creyó mi mentira, porque me dijo que podíamos quedar una tarde para practicar juntos. "Me sabe mal. Has estado aquí ayudándome cuando deberías estar enseñando a los demás." "No me importa. Me gusta estar contigo." Me sonrojé y creó que se dió cuenta porque se sonrió y me guiñó el ojo y se fue a despedir a los demás. La clase había terminado y ni siquiera me había dado cuenta. Me acerqué a la puerta, pero me cogió por el codo y me retuvo hasta que se fue todo el mundo. "Mira, de verás que no me importa quedar para practicar contigo, pero lo que no quiero es verte triste, ¿vale?" "Va-vale. Muchas gracias por todo." "No es nada. Entonces te veo el lunes, que no tengo facultad. Hasta el lunes." "Hasta el lunes..." Cogí mi abrigo y salí con él. Sí, salí con mi profesor.
Esperaba impaciente que llegaran los profesores, pero él no estaba cuando llegué. "No te preocupes, llegará más tarde" me dije. Pero no llegaba.Cada cinco minutos miraba hacia la puerta, esperando verlo aparecer como si fuera mi angel salvador. Por fin llamaron a la puerta, era él. Llegó un poco tarde,pero vino. Estaba chorreando de la lluvia, de haber corrido a nuestra cita, aunque en realidad no tenía nada que ver con una cita. Nada mas llegar, recorrio la clase con una mirada rapida pero se paró cuando me vió y me dedicó una sonrisa que me dejó maravillada. Era mi segunda clase, y aunque él llevaba ya quince años en esto, me prometió que no se apartaría de mi, que me ayudaría en todo lo que pudiera y me enseñaría lo nuevo que diera. Se percató de mi peinado (me pelé a propósito para que se diera cuenta) y me lo comentó. También se dió cuenta de que llevaba puesto el uniforme, cosa que la clase anterior no me puse. Me dijo que me sentaba muy bien y que estaba muy guapa. Y que el uniforme era muy bueno. Aunque yo no quería que me dijese lo bueno que era el uniforme, me hizo ilusión de todos modos. Los profesores explicaban el primer movimiento, pero yo no lo entendía. "No pasa nada" me dijo, "después vienes al final de la clase conmigo y te lo enseño poco a poco". "Muchas gracias". Y volvió a sonreirme. No me derretí ante él porque me daba verguenza, pero casi. Cuando el profesor terminó, él le dijo que estabríamos ensayando al final. Nos fuimos los dos, en silencio y me puse en la posición de empiece. Se puso a mi lado y estuvo explicándome hasta que llegamos al punto en el que me perdía constantemente. Entonces, sin previo aviso, se puso detrás mía, me cogió de la cintura y me estuvo guiando hasta que terminé el ejercicio. Depués me dijo que lo hiciera sola. Quería equivocarme a propósito, para que se pusiera detrás otra vez y me agarrara de la cintura, pero sería un insulto a sus clases particulares, así que lo hice lo mejor que pude. Para mi asombro me salió. Después, el profesor nos dijo que a la semana siguiente nos examinaría y que él (el mismo que me ayudaba) también estaría examinando. "No puedo" al parecer lo dije a media voz porque se enteró. "¿Por qué? Acabo de enseñartelo." "Me da mucha vergüenza" le dije. Al parecer creyó mi mentira, porque me dijo que podíamos quedar una tarde para practicar juntos. "Me sabe mal. Has estado aquí ayudándome cuando deberías estar enseñando a los demás." "No me importa. Me gusta estar contigo." Me sonrojé y creó que se dió cuenta porque se sonrió y me guiñó el ojo y se fue a despedir a los demás. La clase había terminado y ni siquiera me había dado cuenta. Me acerqué a la puerta, pero me cogió por el codo y me retuvo hasta que se fue todo el mundo. "Mira, de verás que no me importa quedar para practicar contigo, pero lo que no quiero es verte triste, ¿vale?" "Va-vale. Muchas gracias por todo." "No es nada. Entonces te veo el lunes, que no tengo facultad. Hasta el lunes." "Hasta el lunes..." Cogí mi abrigo y salí con él. Sí, salí con mi profesor.
domingo, 2 de noviembre de 2008

Ya entonces comprendía que lo nuestro no duraría mucho. Cuando lo veía, me resultaba increíble saber que me quería. Tenía una cara blanca, sus ojos azul-hielo impresionaban al que lo veía, y sus labios morados de frío siempre me asustaban. A pesar de todo, yo le amaba. Le quería tanto que me hacía daño a mi misma. Muchas veces, antes incluso de soñar con eso, intenté hacerle daño, para que no me quisiera y así poder irme en paz. Pero él, con su amabilidad y su amor, siempre me perdonaba y yo terminaba llorando en su hombro. Nunca le confesaba mi destino, pero creo que mis ojos lo delataban. En último día que pasaría con él, me pidió perdón. Al principio me quedé muy confusa y le pregunté por qué. Entonces, para mi sorpresa, las palabras que siempre había temido escuchar, salieron de su boca como si fueran un calmante para lo que me esperaba. Me dijo que él siempre me había querido y que había soñado con lo mismo que yo. Pensó en dejarme, para no sufrir, pero decidió que estaría conmigo hasta el final. Nunca imaginó que me podría hacer daño, y que no le importó en su momento, aunque ahora comprendía todo lo que yo había sufrido. Yo le contesté que no, que la culpa era mía, que si lo quería de verdad, nunca hubiera dejado que sucediera esto. En auqel momento, las campanas de la iglesia del pueblo sonaron. Doce en total, doce agudas notas que marcaban el final de mi existencia como persona. Lentamente, me giré hacia la carretera central, intentando no mirare a los ojos para que no supiera que estaba llorando. Ahora me arrepentía de mi decisión, pero no había vuelta atrás. El me cogió del brazo y, tirando de mí para atrás, me besó por última vez. Le miré atónita y salí corriendo hacia la iglesia.
El chirrido de las puertas al abrirse, le alertó. No hizo falta que se volviera, pues sabía que iría. Allí estaba, delante de todas esas velas blancas, con su pelo corto y negro como la seda, y sus ojos rojos, ensangrentados debido a los años de experiencia. Sabía que en segundos, todo se volvería negro, y cuando me despertara él estaría ahí, esperando a que aprendiera y así poder alimentarme sola. De repente, lo noté detrás de mí, apartándome el pelo y posando sus labios fríos sobre mi cuello. Antes de transformarme, me prometí a mí misma que nunca le dañaría. A él no…
El chirrido de las puertas al abrirse, le alertó. No hizo falta que se volviera, pues sabía que iría. Allí estaba, delante de todas esas velas blancas, con su pelo corto y negro como la seda, y sus ojos rojos, ensangrentados debido a los años de experiencia. Sabía que en segundos, todo se volvería negro, y cuando me despertara él estaría ahí, esperando a que aprendiera y así poder alimentarme sola. De repente, lo noté detrás de mí, apartándome el pelo y posando sus labios fríos sobre mi cuello. Antes de transformarme, me prometí a mí misma que nunca le dañaría. A él no…
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